
Jorge Reyes es reconocido a nivel mundial por difundir la música prehispánica a través de sus discos, mezclando el rock con la música mesoamericana, y divulgando de esta forma, la cultura popular (…)
La canción, tanto las letras como el material musical, jugó un papel tan poderoso en las conmociones sociales de la región, que su importancia emerge frecuentemente en las historias y análisis de estos sucesos. Casi todas las narraciones de esa época mencionan la posición fundamental que tuvo la música, al transmitir mensajes políticos y sociales bajo condiciones de tiempos de guerra, y con el fin ayudar al proceso de movilización ideológica y física inmediata de la población.
Los países de la mitad norte de Centroamérica sufrieron una terrible ola de violencia desde mediados de los 70s hasta los 80s. Este período produjo un desbordamiento de canciones que, especialmente en el caso de la música nicaragüense, tuvieron una extensa difusión más allá del territorio centroamericano. Sólo a principios de los 90s, a partir diferentes acuerdos de paz en cada nación, la violencia disminuyó, pero hasta ese entonces la producción y circulación de música relacionada con la resistencia popular en estas naciones, se daba bajo circunstancias muy difíciles. Varios grupos de El Salvador pudieron salir del país a principios de los 80s y grabar así discos que gozaron de distribución por toda la región, e incluso alguna distribución internacional, mientras que con la excepción del grupo mestizo ladino Kin Lalat, asentado en Nicaragua durante la mayor parte de los años ochenta, los grupos guatemaltecos no tenían la oportunidad de grabar en estudios. Además distribuir los cassettes que se podían conseguir dentro de Guatemala era muy peligroso y casi ninguna música de relevancia social pudo circular fuera del país. Como quizás suceda en todas partes, las composiciones musicales que relataron la crónica de los eventos durante el período de violencia en Centroamérica, se ocupan de un tema principal: el relato descriptivo de los hechos y una aceptación de las consecuencias de la violencia y de los sacrificios que debieron hacer quienes no lograron sobrevivir. Este conjunto de canciones fue concebido tanto dentro de un presente violento, como en un contexto posterior (relativamente) pacífico. En ambas situaciones, los textos narraban las acciones de mártires y otros personajes, como ejemplos de sacrificio a seguir, bien fuera enfrentando la necesidad de la violencia para vencer una opresión violenta, bien abogando por las diferentes labores de lucha necesarias en un contexto no-violento. La creación en estas canciones de un registro histórico, ilustra el uso de música con contenido social, representado por uno de los muchos nombres por los que se le conoce: música testimonial. Estos mensajes musicalizados atraen la memoria de personas y eventos presentes, y los proyectan hacia un futuro aún no visible pero anhelado. Cualquiera que sea el contexto en el que se crea la canción, el músico debe intentar crear un puente entre la experiencia de una realidad violenta, y una experiencia situada en la post-violencia, al tiempo que ofrecer la confirmación y la esperanza de poder lograr el ansiado futuro, que llegará no sólo con el silenciamiento de las balas, sino con una justicia social que será la base de una paz verdadera y duradera. La canción puede hacerse eco de una visión particular del mundo, del sentido de identidad y de lugar. Pero también puede ofrecer una visión de un mundo diferente y más favorable. De este modo la música puede crear un lugar nuevo, aunque solo sea sentido e imaginado, con el cual identificarse. El pensador francés Jacques Attali se refiere a este poder diciendo: La música es profecía, vuelve audible el nuevo mundo que se hará visible gradualmente, que se impondrá y regulará el orden de las cosas: no es solo la imagen de las cosas, sino el trascender del día a día, el heraldo del futuro. Hay que recordar que el contenido musical creado en tiempos de paz, puede referirse a la construcción de un futuro nuevo sin invocar la necesidad de actos destructivos, precisamente porque muchas de las barreras que pudieran impedir el progreso, han sido superadas o neutralizadas. Viéndolo desde una cronología inversa, un mundo mejor que diera poder a las clases populares, pudo haber empezado en Centroamérica solamente tras vencer a las fuerzas de la violencia reactivas que pretendían truncar cualquier mejora en las condiciones de vida de las clases populares. En los 70 casi todos los activistas sociales decidieron que la violencia que caracterizaba la explotación social y económica, podía ser superada a través de la lucha en todos los frentes, incluyendo el uso de medios violentos. Por ello se encuentra tan a menudo concepciones del futuro deseado, directamente relacionadas con el conflicto inmediato que requería el uso de todos los recursos disponibles. Pero quizás más importante, habría que tener presente que la actividad creativa y las acciones violentas, sucedieron en el marco de una violencia “pacífica” caracterizada por la explotación económica y la represión social dirigida contra la mayoría de las empobrecidas clases populares.
Durante el programa se escuchan canciones de los Torogoses de Morazán (El Salvador), Kin Lalat (Guatemala), Yolocamba I-Ta (El Salvador), Carlos Mejía Godoy (Nicaragua), Cutumay Camones (El Salvador), Luis Enrique Mejia Godoy (Nicaragua), Dúo Guardabarranco (Nicaragua) y el Grupo Güinama (El Salvador).
Los comentarios están extraidos de un artículo de Tomas Scruggs, Profesor Asociado de la Universidad de Iowa, (EEUU) traducido por Sebastian Cruz y Silvia Martínez para la Revista Transcultural de Música.
Es una realización de Jorge Laraia.