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Un viaje hasta Esmirna. una ciudad que une leyenda con modernidad, o como se la denomina hoy, Izmir.

3 de octubre de 2013. En el punto donde se unen Oriente y Occidente se encuentra una de las más bellas naciones del mundo: la mágica Turquía. Y en Turquía, sobre las costas del Mar Egeo se localiza Esmirna, una de las pocas metrópolis del mundo que ha permanecido continuamente habitada como mínimo desde hace 4000 años. Ciudad levita, y persa, polis griega y urbe romana, puerto bizantino y otomano, es hoy con casi 5 millones de habitantes, la tercera gran ciudad de Turquía.



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Producción: Radio Calf-Universidad FM 103.7   |   Duración aproximada: 58:09

Esmirna, “La primera ciudad en belleza y grandeza”, “la más gloriosa metrópolis de Asia”, “La corona de Jonia”. Así la proclamaban las inscripciones de época romana. Esmirna ha desafiado al tiempo y a los reiterados esfuerzos de terremotos, conflagraciones y pestes para pervivir, aunque sólo sea e el recuerdo. Diez veces destruida, otras tantas veces se ha alzado de sus ruinas con renovado esplendor, ya que el suave viento del oeste, el inbat, favorece este emplazamiento entre la montaña y el mar, protegido de las serenas aguas del Egeo por su golfo. Esmirna, la ciudad del griego, del franco y del musulmán, efectivamente quiere permanecer en el recuerdo amable de aquel que se ha sentido acogido entre sus hijos de Oriente y Occidente. Porque esta ciudad, la también llamada “luz de Asia”, ha sido siempre cuna de poetas, desde el universal Homero hasta Giorgos Sepheris, premio Nobel de Literatura. Por ello, a pesar de estar ya anclada en la modernidad, Esmirna, “el ornato de Asia”, no ha echado en falta quien devele sus fantasmas y leyendas. La historia del esplendor de Esmirna comienza en una época mítica. Tántalo, hijo del dios Zeus, fue el primer gobernante de la primitiva Esmirna, que entonces se llamaba Tántalis, y vivió una época de grandiosidad. Tántalo entretenía a los dioses en su ciudad, como un nuevo Olimpo, con espléndidos banquetes amenizados por el baile y los cantos de las musas. Sin embargo, en su soberbia, los tantálidas cayeron en desgracia. Una de sus nietas, Níobe se jactó de su fecundidad ante los dioses, y humilló a Leto que en comparación sólo había parido gemelos. Pero los hijos de Leto eran Apolo y Artemisa, y éstos, enfurecidos mataron a la prole de Níobe. Tántalo, entonces decidió agasajar a sus comensales con un inusitado manjar en su siguiente banquete: la carne guisada de su propio hijo Pélope, el padre de Níobe. Los dioses, escandalizados ante este desafiante acto, hundieron a Tántalo en los infiernos y sumergieron su próspera ciudad en un profundo lago. Sin embargo, la memoria de esa mítica ciudad pervivió en las leyendas populares de la ciudad, e incluso los antiguos aseguraban que en el reflejo de las aguas del lago, aún vislumbraban los restos de la ciudad anegada. Tras la destrucción de esa Esmirna mítica, se fundó otra ciudad más conveniente, en la costa y en la desembocadura del río Hermo. El fundador, según otra leyenda, fue Teseo, también fundador de Atenas, que impuso el nombre a la ciudad por una de sus amazonas, llamada Esmirna. Luego de esta colonización griega pasó a dominio de los jonios, pasando a ser una próspera ciudad con una agitada vida comercial. Pero en el año 546 aC una invasión persa barrió por completo a la ciudad, quedando abandonada, hasta que Alejandro Magno erigió la tercera Esmirna, que luego pasó a dominio romano, que la dotaron de amplias avenidas, acueductos, termas y un gran puerto, llegando a tener una vida cultural sólo comparable con la de Atenas. En el año 178, ya de nuestra era, la ciudad quedó desvastada por un gran terremoto, y el emperador Marco Aurelio se encargó de la labor de reconstrucción, pero Esmirna no recuperó su esplendor de antaño. Durante la Antigüedad tardía y la Edad Media, Esmirna vivió una larga historia de saqueos por bizantinos, cruzados y árabes. Transformada en la época otomana, los barcos extranjeros se volvieron a sorprender por ese cúmulo de minaretes y cúpulas que se elevaban por encima de las casas. Pero ya no se encontraban con las amplias avenidas, sino con sinuosas y estrechas callejuelas. La pacífica presencia extranjera se consolidó con la apertura del primer consulado en el año 1621, y de a poco, la calle principal se llenó de tiendas al estilo europeo, teatros, casinos, y una burguesía de franceses, ingleses, holandeses y griegos, convirtiéndola en una ciudad occidentalizada, tanto que algunos otomanos se referían a ella como “la infiel Esmirna”. Todo terminó en 1922, cuando luego de la invasión por parte de Grecia para anexionarse la costa jonia, Turquía recuperó la situación, produciéndose una gran represión contra los habitantes griegos, que terminó cuando la ciudad ardió durante varios días y barrios enteros quedaron reducidos a cenizas, produciéndose desde entonces un enorme éxodo de la población de origen griego. El 9 de septiembre de 1922 sucedió lo que los griegos recuerdan como la Catástrofe del Asia Menor o la masacre de Esmirna. La horrible masacre producida no fue suficiente para los turcos que prendieron fuego a Esmirna, el miércoles 13 de septiembre 1922. El fuego duró hasta el 16 de septiembre. Entonces comenzó el éxodo de los sobrevivientes. Recién en esos días, los 28 buques de guerra de las potencias de occidente (tres de ellos estadounidenses) que habían pasado los quince días como meros observadores, se acercaron a tratar de ayudar a los sobrevivientes. Se calcula que en Esmirna se mataron entre 850.000 y un millón de cristianos armenios y griegos, en una población de dos millones de habitantes. De esta forma, la ancestral comunidad griega de Esmirna fue exterminada sistemáticamente, y los sobrevivientes fueron desplazados a Grecia debido a los acuerdos de intercambio de población entre Grecia y Turquía. Más de un millón de griegos abandonó entonces la ciudad, una de las de mayor población declarada griega de Anatolia, y con ellos, llevaron a a Grecia lo que hoy está considerado como uno de los típicos ritmos griegos: el rembético. Mientras que en la primer parte del programa compartimos temas interpretados por antiguos y modernos músicos de esa ciudad, en esta segunda media ahora vamos a escuchar a Sezen Aksu, que hoy es considerada como una de las más importantes voces de la Turquía actual. Hoy, la moderna Esmirna es una atractiva y pacífica ciudad costera que no carece de atractivos. El gran centro de la ciudad llamado Konak Meydani, ofrece jardines con palmerales en torno a su famosa torre del reloj, de estilo neomudéjar. Cerca se encuentran el bazar de Kemeralti y la colina Dermin Tepe, donde antaño se elevaban las murallas de la ciudad. Allí se localiza también, la residencia del sultán Abdul Hamid II, rehabilitada como Museo Etnográfico y Arqueológico. Desde allí, dejando de lado los grandes edificios de aduanas diseñados por Gustave Eiffel, el mismo de la torre de París, se llega a la zona del Korden, un amplio paseo marítimo y un lugar de recreo popular donde, además, se encuentran los hoteles más selectos de la actual Izmir, y algunos de los mejores restaurantes. Y el paseo puede terminar en el barrio de Alsancak, una reliquia del pasado, ya que se salvó por milagro del incendio de 1922, hoy adaptado al signo de los nuevos tiempos. Las antiguas casas griegas con sus fachadas de vivos colores se han convertido en modernos y concurridos pubs, donde se da cita tanto la juventud turca como la extranjera, que charlan animadamente en torno a unas cervezas de la marca nacional: Efes, escuchando los modernos ritmos de Izmir. Comentarios basados en un artículo publicado por Diego de Praves, y otro publicado en el sitio soyarmenio.com. En cuanto a la música, en la primera media hora del programa fueron interpretaciones de temas tradicionales de Esmirna ejecutados por músicos como Muammer Ketencoglu y Tolga Candar, mientras que en la segunda parte compartimos canciones de Sezen Aksu, de su disco Deliveren editado en el 2001 por la etiqueta Post Muzik. Es una realización de Jorge Laraia.

Planeta Musical Sur
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