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Quechuas, música de un pueblo que fundó un imperio, fue dominado, y está renaciendo

14 de septiembre de 2007. La raza quechua, uno de los más extraños pueblos del mundo, matriz del Imperio incaico, nació en los faldeos de la sierra peruana central, dentro de un anfiteatro de piedra a la que cae la más pura luz andina. A pesar de la diligencia que se han dado los historiadores, no se sabe mucho del origen, y menos aún se logra entender cómo pudo organizarse en menos de mil años, lo que llaman los sociólogos el milagro del Incanato. Hoy, en bailados y en música de tambor y de quena quedan rastros que llevan en sí las marcas magulladas de este pueblo americano, el quechua, que sería vencido, dominado, durante cientos de años, pero que hoy, como tantos otros pueblos indígenas de Latinoamérica, está reviviendo.



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Producción: Radio Calf-Universidad FM 103.7   |   Duración aproximada: 58:19

El Imperio alcanzó desde Colombia a Chile, y desde el Pacífico al costado oriental de Bolivia y el norte argentino. Y lo consiguieron con un mínimo de guerra. Los incas conquistaban a las indiadas próximas con maña habilidosa y con una benevolencia patriarcal. Eran unas excursiones solemnes y amistosas que hacía el Inca y su cortejo a las tierras vecinas, comitivas que llevaban la empresa de divulgar la grandeza y las suavidades del Imperio, y de catequizar así a la vecindad bárbara que acababa siempre adhiriéndose al Incanato. El quechua supo y ejerció la mayoría de los oficios de hoy, su agricultura cosechaba exactamente lo que era necesario para el abastecimiento de las poblaciones; el área de las tierras cultivadas casi dobló a la que trajo más tarde el régimen español. El pueblo quechua, sufrido y minucioso, inventó los cultivos en terrazas o terraplenes, a fin de forzar y habilitar como agro, su reino andino de rocas y tierras magras que escogió para sí. El quechua desdeñó la zona baja, caliente y sensual, por amor al aire fino y al cielo próximo, por vivir lo más cerca posible del cielo que él adoraba. Hizo de la Cordillera de los Andes, una enorme gradería de maizales, campos de papas y un emporio de legumbres y frutales. Consideraba el abandono de la tierra un delito contra el sol, contra el Inca y contra sus hijos. El Imperio, al que se llamó Tihuantinsuyo, o sea, las cuatro partes del mundo, los cuatro puntos cardinales, pedía unificación, y esto era una exigencia de caminos. Hacer una red de vías partiendo del sagrado corazón del Cuzco, significó vencer nada menos que a la Cordillera andina. La casta inca, que fue patriarcal en lo civil y matriarcal en lo religioso, tentó la utopía de abolir la miseria absoluta, aquella pobreza que por baja toca en lo zoológico. Tentó y consiguió tanto como era dable a ese plan atrevidísimo. Llego muy cerca del éxito. Casi alcanzó lo imposible. No hubo ociosos en el Tihuan Tinsuyo, cada hombre tenía cuando menos un oficio y a veces dos. Gracias al trabajo universal y no poco especializado del hombre y la mujer, y donde el viejo estaba exento, el techo de paja cubría a cada familia de los hielos andinos; la ropa de buen algodón calentó siempre el cuerpo del hombre, y la ración preciosa de maíz, papas y frutas no faltó a ninguno de los hijos del sol.
Entre las muchas expresiones religiosas y cosmológicas dentro de la vida cotidiana del pueblo quechua sobresalía la fiesta. La abundancia de comida y, sobretodo de bebida jugaba un papel importante en estas celebraciones. Subrayaba ante todo el carácter a la vez social y ritual de la celebración festiva, que parte de invitaciones e intercambios de generosidad en un contexto global de reciprocidad. Pero además la fiesta era una celebración que ponía en actividad todos los resortes sensoriales: comida y bebida hasta la plenitud de la embriaguez, coca y cigarro, música y canto, danza y disfraces, velas y olor a humo, el sentido de multitud, todo contribuía a acrecentar el ambiente de euforia y hasta éxtasis. De esta manera la fiesta constituía el lugar y el momento por excelencia de comunión social y encuentro sagrado con esos seres de otros mundos que determinaban el destino, y el sentido de este mundo donde moraban los humanos.
Es una realización de Jorge Laraia.

Planeta Musical Sur
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