
Y en este último programa de la temporada les propongo conocer y compartir la acción de Calabriasona, un proyecto creado hace muy poco tiempo, dedicado a revitalizar y a difundir la música (…)
Si hay un sustantivo con el que podemos definir la música rebética, este es libertad. Quizá hoy en día, en nuestra sociedad, esta significación haya perdido fuerza, pero allá por el año 1936, con un panorama fascistoide apoderándose de Europa, y con la llegada al poder en Grecia del dictador Metaxas, esta música representaba una fuente de exaltación libertaria, presente y constante.
Los rebetes, armados con sus bouzoukis, funcionaban sin intentarlo como símbolos contestatarios. Estos personajes, mitad mafiosos, mitad artistas, sólo pretendían vivir su vida y tocar su música arrabalera. Eso es lo que los hacía felices.
Todas las músicas urbanas huelen a algo: el blues es aroma de tabaco y whisky, el tango es mate y humedad de las calles porteñas. Hay una música en Grecia que huele a vino barato derramado sobre los suelos de madera de las tabernas, al humo de hachis que emanan los narguiles, que se canta al borde del desafinado y que nace de una subcultura, cuasi criminal; en sus inicios despreciada por las clases medias y perseguida por las autoridades; la Rebétika. En 1922, dos millones de refugiados griegos, provenientes de Esmirna y de otras partes de Asia Menor son expulsados por los turcos, en represalia a la incursión de la armada Griega en el Imperio Otomano. Huyen con lo puesto, abandonando sus negocios, sus hogares, su familia; lo poco que consiguen traer a su exilio es la música. Salieron de una tierra rica y llegaron a un lugar pobre, una madre patria que solo conocían de oídas. Pasaron de pertenecer a la clase media a ser los marginales de un país que no los recibe como ellos esperaban. Se vieron confinados a los suburbios del Pireo, Atenas o Salónica. En sus cafés, con humo de hachís y con acompañamiento de bouzouki , baglamas y guitarra, con aires orientales, nació la rebétika. Sus letras hablan de pobreza, de sueños rotos, de adicción a las drogas, opresión policial, cárcel, alcohol y amores no correspondidos. Fue entonces que, en los grandes guetos urbanos que se habían desarrollado alrededor de las ciudades principales de Grecia, la agitación social fue inmensa: En El Pireo, el puerto de Atenas, decenas de miles de personas desempleadas habitaron estos guetos, donde su único medio de subsistencia era la pequeña delincuencia, el contrabando y esporádicos trabajos. En la vida dura de la ciudad, una nueva sub-cultura urbana dominaba, con sus propios dialectos, códigos de vestimenta y formas de vida, la de los Mangas, que por la noche se reunían en las casas de hachís para escuchar la nueva música que en el cambio de siglo, había transformado el bouzouki en un símbolo de orgullo urbano. En sus lugares favoritos en El Pireo, Atenas y Salónica, los mangas crearon mercados lucrativos de hachís, prostíbulos y casas de juego, y organizaron el contrabando y la distribución de los bienes robados. La persecución por la policía fue intensa, y por lo tanto las canciones que fueron compuestas mientras estaban en la cárcel son una parte importante de la química rebetika, ya que estas canciones son ricas en información sobre las formas y dificultades de la manera Rebetica de tomar la vida. Y la gente común amó y cantó la música turca, con las palabras turcas, y la rebetika, con las palabras en griego, ya que estas melodías suaves eran más acordes con sus amargas experiencias de vida. Eran hombres y mujeres, que vivían en los márgenes de la ciudad, y cuyo estado de ánimo no podía ser expresado en las serenatas de las islas, ni en la música europea importada, ni en la canción popular, ni en los himnos bizantinos ni la música de la Iglesia. Pero sí sus sentimientos podían expresarse plenamente en el rebetiko y con el bouzouki. Por su origen y sus letras, la música Rebetika tuvo sus tribulaciones. Como forma musical, fue prohibida por la dictadura de Metaxas en 1936. Los músicos rebetikos se convirtieron en blancos de la detención y la persecución por las autoridades. Los tekkes (las salas de hachis) fueron asaltados con frecuencia, y si las personas eran capturadas cantando rebetika, fumando hachis, o incluso tocando el bouzouki, era probable que fueran enviados al exilio interno. Y eso que el consumo de hachís era parte de la cultura rebetika. En el Imperio Otomano el hachís había estado libremente disponible y se fumaba abiertamente en los cafés, lo mismo que en Grecia también, por un período, por lo que hay abundancia de canciones que celebran el hábito de fumar hachís. Después de la 2º Guerra Mundial, sin embargo, empezaron a desaparecer, y durante la ocupación nazi-fascista de Grecia no se hicieron grabaciones de rebetika, aunque las canciones siguieron siendo cantadas.
Los años de sufrimiento de los griegos durante la Segunda Guerra Mundial inspiraron una gran cantidad de canciones. El ejército partisano parecía mantener unido al país, mientras que duraba la ocupación italiana, alemana, británica y por último norteamericana. Y junto con la Guerra Civil que se desató entre la izquierda y la derecha, que culminó en una caza de brujas hacia los comunistas, las condiciones eran, por decir lo menos, difíciles. La Segunda Guerra Mundial, la ocupación alemana y la posterior guerra civil de Grecia (1946 / 49) fueron importantes en la popularidad de rebetika, ya que las canciones eran vistas como la encarnación de algo de la identidad nacional griega a través de los tiempos difíciles, la represión y la censura. No fue casual que los compositores clásicos como Mikis Theodorakis utilizaran esta música como una parte fundamental de su producción creativa. Como el mismo Theodorakis explica: Durante los años de exilio interno, durante las horas de la noche cantábamos rebetika, y la gente del Pireo nos enseñó a bailar el khasápiko y el zeibékiko en las tiendas del campo de concentración. En Icaria le pedí a mis compañeros que me canten canciones rebetikas y yo escribía las notas. Así recogí mas de ochenta canciones. En los años terribles de la Guerra Civil, tan llenos de odio y muerte, creo que estas canciones urbanas, descubiertas por el pueblo, cantadas en el frente por los soldados del gobierno y los partidarios comunistas, y cantadas en las cárceles y los campos de exilio interior, tuvieron una importancia fundamental para la estabilidad de la mente de la gente, ya que fue el elemento que nos unía. Poco después, cuando la Guerra Civil terminó, la rebetika fue "descubierta". Se salió de las aguas estancadas de los suburbios y se interpretó en los clubes nocturnos donde iba la gente rica. Y en este punto el carácter de la música cambió. El bouzouki se hizo eléctrico, todo se hizo eléctrico, y los intérpretes comenzaron a actuar para la alta burguesía. Así, la música Rebetika se convirtió en una moda. Sólo hay que ver las fotos de Giorgos Zambetas interpretándola para la familia Kennedy y Aristóteles Onassis, para comprender hasta dónde había llegado, desde sus humildes orígenes. La música se convirtió en gran medida en algo comercializable, más orquestada, con letras insípidas, especialmente con la producción masiva de discos de larga duración en Grecia después de 1955. Las canciones perdieron su energía, perdieron su dolor y la profundidad de sentimiento. Y los lugares donde se interpretaba la música rebetika, pasaron a ser algunos de los clubes nocturnos más caros de Grecia.
Las canciones que compartimos fueron interpretadas por Nikos Dimitriatos, Roza Eskenazi, Yiorgos Kavouras, Mary Esper, Sotiria Bellou, Michalis Genitsaris, Vasilis Tsitsanis, Mikis Theodorakis & Grigoris Bithikotsis, Thalassa Lipisou y Kostas Tsiggos. Los comentarios están basados en una traducción de un articulo de John Harrison publicado por mustrad.org.uk, otro del prof. Gerhard Steingress, de la Universidad de Sevilla y un tercero de Francesco Martinelli para rootsworld.com
Es una realización de Jorge Laraia.