Menorca, la más oriental de las Baleares y tal vez por ello la más misteriosa. Nadie diría que esta isla despaciosa que tiene como estandarte la calma y que de ella hace su principal valor para el visitante, este territorio escaso y humilde, festoneado por pequeñas y hermosísimas calas de aguas transparentes, tenga ese fondo atormentado que pervive, a lo largo de los siglos, en canciones, mitos y leyendas.

29 de noviembre de 2007
| Duración: 56:42

Menorca es ventosa y plana, austera y misteriosa. En sus cuevas, en sus piedras, en los refugios naturales de su costa rocosa, se acurrucan historias de piratas, de fantasmas, de ciclópeos gigantes, de brujas horripilantes o de pozos sin fondo que conducen directamente al infierno. Aún el hombre no volaba y ya las hogueras que alumbraban las noches menorquinas encendieron los primeros temores. Si hasta los marinos fenicios asociaban aquellos fuegos, que parecían encendidos sobre las propias aguas, a encantamientos o aquelarres, vistiendo con esos ropajes míticos el simple temor a lo desconocido. Tal vez su situación, la más avanzada hacia el oeste de los territorios Baleares; tal vez su orografía costera, con abrigos naturales propicios a las guaridas; tal vez su proximidad a Cerdeña o a las costas catalanas; quizás su posición de vigía sobre la cercana Mallorca o la facilidad de movimientos sobre sus tierras llanas, hicieran que ya desde la prehistoria los pueblos mediterráneos eligieran este pequeño paraíso como centro de operaciones o, simplemente, como lugar de encuentros místicos. Noticia de aquellos tiempos dan todavía hoy los monumentos megalíticos expuestos, con una simpleza apabullante, a la vista de los caminantes después de miles de años de silenciosa existencia. Sobre esas piedras sopla, con rachas de rabia, la Tramuntana, el viento que dobla los árboles y metamorfosea los hechos en leyendas. Y no pocas son las que perviven en la memoria de los menorquines. Territorio disputado por fenicios, romanos, griegos, turcos, españoles, ingleses y franceses además de por piratas de todas las raleas, Menorca atesora, en la hipnótica calma de sus gentes y de su mar, historias -hijas de tanto conflicto- que, de ser ciertas, sorprenden. Las canciones las interpretan Joana Pons Amb Ses Guitarres. quizás el grupo musical más emblemático de la isla de Menorca, y S’Albaida, un conjunto de jóvenes músicos que realizan una tarea que se centra en la recuperación de antiguas melodías y romances de la tradición, básicamente menorquina.
Es una realización de Jorge Laraia.

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