
Y en este último programa de la temporada les propongo conocer y compartir la acción de Calabriasona, un proyecto creado hace muy poco tiempo, dedicado a revitalizar y a difundir la música (…)
Escuchar y manifestarse por el rock en la URSS a mediados de la década del sesenta era prácticamente un ‘sacrilegio patriótico’, penado inclusive en algunos casos con prisión; era imposible por la edad de los líderes de la época e imposible por el mandato ideológico de un gobierno que consideraba al rock una herramienta del capitalismo para cooptar y desarmar a la juventud. Nacido en la Unión Soviética y perdido en el torbellino de los noventa, hoy el rock ruso vuelve a preocupar a los inquilinos del Kremlin, como sucedió en la época de la Perestroika. Temido y deseado por su capacidad de movilización, para muchos es la única fuerza que puede hacer posible una revolución "naranja" en una Rusia post-Putin.
Para hablar del rock ruso hay que remontarse a los años 60 con el desencanto del poeta y cantautor Bulat Okudjava y las letras grotescas de Vladimir Vissotsky, (al que recién escuchábamos) quienes supieron crear un escenario más real que cualquiera de las noticias del diario Pravda. Con canciones cercanas y muy rusas, daban color al mundo gris y aislado de la época soviética. La URSS, no vivió precisamente un mayo del 68, pero esta generación de soviéticos sí se vio favorecida por el aperturismo moderado de Jrushev, e incluso The Beatles lograron saltar el telón de acero influenciando los nuevos movimientos juveniles, como el grupo Machina Vremeni (La máquina del tiempo), que es nuestro próximo tema, y que cantaba algunas canciones en inglés y hasta imitaba el estilo de los de Liverpool. El rock ruso no sólo era una desviación ideológica o moral, sino una completa alternativa al modo de vida soviético, una reconquista de la libertad en una sociedad cansada de combates, contrariada con las revoluciones y temerosa por sentirse atacada desde todos los francos. Sus letras agrias, irónicas, caricaturescas, mastican ese sentimiento tan ruso de la inutilidad en el combate contra el poder y la insignificancia del individuo frente a la inmensidad del imperio. De esta forma, líderes como Viktor Tsoi (Kino) o Boris Gubenchtchikov (Aquarium) superaban la envergadura de artistas y eran considerados como auténticos profetas. Sin embargo, el domingo 2 de marzo del 2008, la Plaza Roja mostraba la realidad actual de una Rusia privatizada y dominada por la ideología más aceptada a nivel planetario, la del rock. Enfundados en camperas de cuero negro en lugar de los viejos uniformes militares, Vladimir Putin y su delfín Dmitri Anatolyevich Medvedev saludaban desde el escenario a la entusiasta multitud, celebrando la victoria en las elecciones con un recital de rock como si fuesen las dos estrellas más veneradas. El fanatismo de Medvedev por el heavy es tal, que para celebrar el pasado febrero los 15 años de la creación de la firma estatal rusa Gazprom, empresa de gas de 300 mil empleados y con un valor de mercado de 270 mil millones de dólares de la que Medvedev fue el presidente saliente, contrató a Deep Purple para un recital en el Kremlin. Pero hace décadas que el rock forma parte de las estrategias de comunicación política, social o empresarial, que es todo al fin una misma cadena, ya sea con Botnia en Fray Bentos o en las internas demócratas de los Estados Unidos. Y Medvedev, el primer presidente de la historia heavy metal, aunque abogado tecnócrata de 42 años bien peinado y de traje, sabe que en Rusia se inicia una nueva era, la era de los headbangers, los post-punk, los post-hard rock. En el programa se escucha a los siguientes intérpretes: Grazhdanskaya Oborona, Vladimir Vissotsky, Mashina Vremeni, Kino, DDT, Liube, Splin, Chicherina, Zveri y Zdob Si Zdub. Muchos de los comentarios están extraídos de un artículo del periodista Francisco Martinez, para la revista española La Clave
Es una realización de Jorge Laraia.