Cuando estaba terminando la Edad Media, la aparición del Renacimiento significó un período de sorprendente despertar cultural. Fue la era en que el arte, la arquitectura, la literatura y la música comenzaron a florecer más allá de las sombrías limitaciones impuestas por la Iglesia. Había música por doquier y se escuchaba en los castillos, en los palacios y en las iglesias, donde la reforma había dividido a la cristiandad en católicos y protestantes. Sus comienzos pueden situarse en la Italia del Trecento, en especial en Padua, Bolonia, Módena y Florencia, donde precisamente, esta última sería el escenario del Decamerón de Bocaccio.

21 de agosto de 2008
| Duración: 58:09

A fines del siglo XII se produce una revitalización económica en toda Europa, por lo que surgen nuevas ciudades y renacen las antiguas. Aparece una nueva clase social, la burguesía, cuyo racionalismo económico se anticipa a la evolución capitalista de Occidente y que en Italia alcanza su madurez en el siglo XV. Se impone una nueva concepción del mundo de cariz naturalista y científico, la cual comprende el interés por la individualidad, la investigación de las leyes naturales y la fidelidad a la naturaleza en el arte, con lo que la rígida ortodoxia de la Iglesia empieza a perder su absoluta autoridad, al tiempo que nace un interés intelectual por la antigüedad clásica. Así, el público del arte del Renacimiento está compuesto por la burguesía ciudadana y la sociedad de las cortes principescas y ambas se influencian recíprocamente. A finales del siglo XIV, las primitivas democracias italianas se han ido transformando en autocracias militares bajo la autoridad dictatorial de los "podestás", que eran los miembros de las dinastías locales, como los Este en Ferrara, los Visconti en Milán o los Médici en Florencia. En esta última ciudad, la estabilidad impuesta impulsa un gran florecimiento económico y, como antes en Atenas, la burguesía quiere exhibir su poder y riqueza, donde Lorenzo de Médici, un hábil estadista, fue al mismo tiempo poeta, filósofo y coleccionista, guía y mecenas de los nuevos artistas y filósofos. En las cortes de estos príncipes se desarrolló una sociedad de salón esencialmente intelectual, y el cariz científico que predominó en los estudios renacentistas produjo un reencuentro con la representación plástica del movimiento del cuerpo humano, perdido desde la Antigüedad. La música italiana del siglo XIV o Trecento, tiene una historia que difiere de la de la música francesa del mismo periodo, debido en parte a diferencias de clima social y político. En contraste con el creciente poder y estabilidad de la monarquía francesa, Italia era una serie de ciudades-estado donde las rivalidades entre sus gobernantes las mantuvo en una situación de enfrentamientos frecuentes. Los círculos elitistas cultivaron la polifonía, en los que era un entretenimiento profano y refinado creado por compositores que tenían que ver con la Iglesia y expertos en la notación y el contrapunto, y la mayor parte de la música restante no se escribía. En las cortes, los trovatori italianos del siglo XIII siguieron las huellas de los trovadores franceses. Durante todo el Medievo hubo en Italia, como en todas partes, canciones populares, a menudo unidas a instrumentos y danzas, pero nada de esta música se ha conservado, por lo que sólo nos han llegado en manuscritos las laudas monofónicas, que eran canciones destinadas a las procesiones. La polifonía en la música eclesiástica del siglo XIV era en gran parte improvisada. Los principales centros de producción musical se hallaban en las ciudades del norte de Italia y a partir de la mitad del siglo también el centro, donde se destacó Florencia.
Las fuentes nos han hecho llegar unas 650 piezas en más de 300 manuscritos, de entre los que destacan: el Codex Rossi, que se encuentra en la Biblioteca Vaticana en Roma, y data del 1350, constituyendo la primera fuente del Trecento con 37 piezas, de las que 30 son madrigales, y el Codex Squarcialupi, que es el más extenso y refinado de todos los manuscritos con música del Trecento, y que fue copiado en Florencia durante los veinte primeros años del siglo XV. Las más de trescientas piezas que contiene (más o menos la mitad, sólo encontrables en este manuscrito) suponen una antología completísima de los más renombrados artistas del XIV, abarcando desde los activos en la primera mitad de ese siglo hasta los que componen en los albores de la nueva centuria. Intentar hacer sonar hoy estas músicas de más de seiscientos años, con medios parecidos a los que manejaron los músicos de entonces, es una forma de engañar la monotonía, de adornar el presente, de soñar...
Es una realización de Jorge Laraia.

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