Los compañeros Rafael Cid y Aniceto Arias reflexionan sobre las elecciones estadounidenses

15 de noviembre de 2008
| Producción: Radio Klara
| Duración: 00:30:00

Obama: Unas elecciones de diseño

Asombra y maravilla al mismo tiempo la fe ciega de alguna gente. Comenzado ya el siglo XXI, con su idolatría de la sociedad del conocimiento, la ciencia y la técnica, en lo político sigue llevándose el irracional culto a la personalidad. El líder carismático al que nada puede interponerse en su camino es un valor en alza. Las recientes elecciones en Estados Unidos son un bien ejemplo de la Supermanía política que nos invade. Comentaristas, analistas, intelectuales, personalidades del mundo de la cultura, académicos, políticos profesionales, gobernantes y ciudadanos adultos en general han caído rendidos ante el “efecto Obama”. Todos sin distinción creen ver en la llegada del político demócrata a la Casa Blanca el principio de una nueva era. Según los pronósticos de tan nutrida y elocuente audiencia el mundo va a cambiar. A mejor. Sólo porque Obama lo quiere.

¿Pero tiene alguna justificación esta esperanza colectiva? ¿O es un simple espejismo espabilado por el hábil y recurrente marketing político? ¿Se sostiene este cuadro de bondades con lo que poco que sabemos del nuevo presidente estadounidense? ¿Hay algo verdaderamente ilusionante en el discurso de Obama más allá de la evidente ruptura de una tradición racista que impedía a los negros llegar al poder en la primera potencia mundial?

Con el riesgo de anticipar un diagnóstico cuando aún ni siquiera se ha producido el relevo en Washington, habría que decir que muy pocos de esos entusiasmos despertados entre los sectores progresistas europeos tienen la consistencia requerida para ser tomados en serio. Salvo dos hechos irrefutables: la muy sana jubilación de Bush de la esfera internacional y la igualmente celebrable apertura de la primera magistratura norteamericana a los ciudadanos de color. Dos circunstancias históricas, sin duda, pero que son más gestos de cara a la galería que realpolitik. Primero porque está por ver que la salida de George Bush signifique el fin de “la política de Bush” y segundo porque igualmente está por ver que la llegada de Obama signifique un cambio radical en la gobernanza practicada durante los últimos 8 años por Estados Unidos como gendarme global.

Y en éste sentido los hados no parecen favorables al optimismo. Por sus actos los conoceremos. Lo que a día de hoy sabemos de las opiniones y actitudes políticas del nuevo inquilino de color de Despacho Oval dista mucho de configurar un registro de eso que insípidamente llamamos “progresismo”. Monstruo mediático como Kennedy, brillante orador, seductor en los personal, el Barack Obama que se perfila detrás de las candilejas es un pragmático que dirige su mensaje principalmente a las noqueadas clases medias, que ha desarrollado una campaña electoral como si de una inversión financiera de alto riesgo se tratara (rechazó la financiación pública para monopolizarla en las cuantiosas donaciones privadas recibidas de grandes corporaciones bancarias, magnates industriales y bufetes de prestigio de Wall Street) y que intervino personalmente ante los congresistas demócratas para favorecer la aprobación de la Operación Rescate diseñada por la administración Bush para salvar del crack al sistema financiero. Lo que significa, en el último caso, que tendrá que gestionar una herencia de menos 700.000 millones de dólares dada a cambio de “residuos tóxicos”, condicionando así estratégicamente cualquier inversión social de carácter estructural destinada a los sectores más desfavorecidos, cuando el índice de paro en EEUU llega al 6,5% de la población activa. Sabemos también por esos mismos medios que lanzan las campanas al vuelo por su victoria que es un decidido partidario de un Estado de Israel fuerte y que está en contra del programa nuclear de Irán, al tiempo que defiende la potenciación de la energía nuclear como alternativa al petróleo. Y últimamente, que como organigrama para su futuro gabinete suenan con insistencia los nombres de Timothy Geithner, para el cargo de secretario del Tesoro, al que los analistas consideran un amigo leal de Wall Street; el ex general Colin Powel, antiguo secretario de Estado con Bush; y Rahm Emnauel, el hombre que diseño la exitosa financiación de la campaña de Obama, como su futuro jefe de Gabinete.

Sin duda, Obama rectificará los errores de bulto de Bush y su cuadrilla de malhechores, que como el gulag de Guantánamo y el avispero de Irak habían puesto en caída libre la credibilidad democrática de gigante norteamericano. Pero esas y otras necesarias y muy mediáticas mejoras antiBush no son suficientes para justificar el gozo preventivo que embarga a la izquierda oficial en el viejo continente. En perspectiva placeba, el “efecto Obama” tiene mucho de común con el “talante Zapatero”. Obama está destinado a “refundar el capitalismo” y ZP la corona borbónica. Y, en cualquier caso, el rapto de la voluntad popular por mesías de turno y hombres providenciales, sean de cuerpo presente o de escayola bendita, siempre supone un rancio camino de servidumbre.

Buenas noches y buena suerte.

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