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La Columna de Amy Goodman: Perdónanos Haití 

Viernes 12 de febrero de 2010

Duración aproximada : 00:06:18

Producción: Radio Pacífica



Visitas: 582


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2.8 MB

Por Amy Goodman. Publicado el 10 de febrero del 2010. La tragedia del terremoto haitiano continúa desatándose con características como la demora en la entrega de ayuda, el terrible número de amputaciones realizadas por urgencia médica, más de un millón de personas sin hogar, quizá 240.000 muertos, hambre, deshidratación, el surgimiento de infecciones y enfermedades causadas por el agua y, pronto, la llegada de la estación lluviosa, seguida de la temporada de huracanes. Haití sufrió un golpe de gran magnitud, un terremoto para el que su infraestructura no estaba preparada tras décadas – no, siglos- de manipulación militar y económica por parte de gobiernos extranjeros, en particular de Estados Unidos y Francia.

 

Haití era una plantación de esclavos controlada por Francia. En 1804, inspirados por Toussaint L’Ouverture (en honor a quien lleva su nombre el aeropuerto de Puerto Príncipe, que ahora funciona a duras penas), los esclavos se rebelaron y fundaron la primera república negra del mundo. Bajo la amenaza militar de Francia, en 1825 Haití acordó pagar reparaciones a Francia por pérdida de “propiedad”, entre ella, esclavos que propietarios franceses perdieron en la rebelión. No les quedaba opción: o bien acordaban pagar las reparaciones, o Francia invadiría Haití y volvería a imponer la esclavitud. Muchos haitianos creen que la deuda original, que Haití pagó obedientemente durante de la Segunda Guerra Mundial, comprometió a Haití a un futuro de pobreza del que nunca ha logrado escapar. (Mientras Francia, como parte del acuerdo, reconoció la soberanía de Haití, los políticos dueños de esclavos en Estados Unidos, como Thomas Jefferson, se negaron a reconocer a la república negra, temerosos de que inspirara una revuelta de esclavos en su país. Estados Unidos reconoció formalmente a Haití recién en 1862).

La armada de Estados Unidos ocupó Haití de 1915 a 1934. En 1956, Francois “Papa Doc” Duvalier tomó el poder en un golpe militar y se autoproclamó presidente vitalicio, iniciando un período de dictadura brutal y sangrienta con apoyo de Estados Unidos. Papa Doc murió en 1971, momento en el cual su hijo de 19 años, Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, asumió el poder y mantuvo el mismo control dictatorial hasta que fue forzado al exilio tras una revuelta popular ocurrida en 1986. Jubileo Estados Unidos, una red que pide la eliminación de la deuda de los países pobres, calcula que solamente Baby Doc desvió al menos 500 millones de dólares de dinero público a sus cuentas privadas, y que el 45 por ciento de la deuda de Haití en las últimas décadas se acumuló durante el régimen corrupto de los Duvalier.

Los préstamos del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) impusieron condiciones de “ajuste estructural” en Haití, abriendo su economía a los baratos productos agrícolas de Estados Unidos. Los agricultores, imposibilitados de competir con esos precios, dejaron de cultivar arroz y se mudaron a las ciudades para ganar salarios bajos, si tenían suerte de conseguir uno de los pocos trabajos disponibles en la maquila. Los pobladores de las zonas montañosas se vieron forzados a deforestar los cerros y convertir la madera en carbón vendible. Esto generó una crisis ecológica que desestabilizó las laderas de los cerros, y que, a su vez, aumentó la destructividad de los terremotos y provocó deslizamientos de tierra durante la estación lluviosa.

El primer presidente democráticamente electo de Haití fue Jean-Bertrand Aristide, un sacerdote católico comprometido con los pobres. Fue electo en 1990 y luego derrocado por un golpe militar en 1991. En 1994, cuando los refugiados haitianos inundaban el estado de Florida, el gobierno de Clinton se vio obligado a restituir a Aristide en el poder, pero solo a cambio de que cumpliera con las nuevas exigencias de los programas de ajuste estructural. Aristide fue reelecto en 2000 y fue depuesto nuevamente por un golpe de Estado respaldado por Estados Unidos en 2004, el año del bicentenario de Haití.

La destrucción de la industria arrocera de Haití, cuya producción fue reemplazada por el arroz de Estados Unidos subsidiado por el gobierno estadounidense, al igual que la venta de empresas públicas fundamentales, como el único molino de harina y la fábrica de cemento, dejaron al país en una situación de dependencia del comercio y la ayuda exterior que condenó a Haití a una desventaja permanente.

Ahora es fundamental cancelar la deuda externa de Haití, para que el país pueda dedicar sus escasos recursos a la reconstrucción, en lugar de al pago de la deuda. Los ministros de economía del G-7 se reunieron en Canadá esta semana y anunciaron el perdón de la deuda bilateral entre los estados miembro y Haití. Pero las deudas con el Banco Mundial, el FMI y el BID continúan. El FMI, incluso, prometió a Haití un préstamo de 100 millones de dólares luego del terremoto, pero esa polémica promesa suscitó una condena generalizada y desde entonces se ha comprometido a convertir ese dinero en un fondo de ayuda.

Los terremotos por sí solos no generan desastres como el de la magnitud que ahora está sufriendo Haití. Las naciones ricas han explotado a Haití durante demasiado tiempo, negándole el derecho a desarrollarse en forma segura, soberana y sustentable. La llegada efusiva de apoyo mundial para los haitianos debe ir acompañada de fondos de ayuda a largo plazo, sin condiciones, y del perdón inmediato de todas las deudas del país. Teniendo en cuenta su responsabilidad en la grave situación de Haití, Estados Unidos, Francia y las otras naciones industrializadas deberían ser quienes busquen el perdón.



Se autoriza la publicación. Por favor escríbanos a spanish@democracynow.org para avisarnos donde se publica y también si hay estaciones de radio que quieran emitir el audio que se encuentra disponible todos los viernes en www.democracynow.org/es


Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

© 2009 Amy Goodman

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org



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