Ese hombre bajo y regordete ha sentado su violín en la vereda. Carga 74 años en las ojeras y pasea la música por las calles, esperando que alguna mano le arroje unas monedas. Ha transitado la noche sin suerte. Ya casi nadie lo recuerda. El frío ha comenzado peligrosamente a perforarle los remiendos del alma. Es de madrugada. Está en el barrio de la Boca, a metros de la cancha de Boca, de la Bombonera, cuando el bastón se quiebra, el violín cae y destapa Polvo de estrellas en las nieblas del Riachuelo. Es 17 de junio de 1988. Hernán Oliva se acuna ya en el silencio para siempre.

5 de agosto de 2010
| Duración: 57:36

Una mujer, de la que no se su nombre, comentaba que el hecho de que escuchar un disco de Hernan Oliva, le había traído un recuerdo de hace añares, de una noche en un bar semivacío en el barrio de San Telmo, y un viejito muy sencillamente vestido con un violín y una música increíble. Recuerda que cuando terminó de tocar, le dijo que escucharlo había sido extraordinario, y su novio de entonces le ofreció unos pesos "¿no se ofende, abuelo?", le dijo. Aquel hombre los aceptó con sencillez y una sonrisa. No mucho tiempo después, supieron quién había sido el violinista, al leer sobre su muerte en los diarios, y eso la entristeció más aún. ’Mi vida es simple y la puedo resumir así: yo, el violín y el violinista’. Bastó que el adolescente Oliva escuchara un disco del gran Joe Venuti para que supiera cuál era su camino. Había visto la luz en Valparaíso (Chile) el 4 de julio de 1913. Rememora Oliva que ’Mi madre Laura era una mujer chapada a la antigua y se dedicaba a las tareas de la casa. Aníbal, mi padre, era corredor de bolsa y aficionado a los burros. Pero la vocación me la fomentó mi mamá, a quien le gustaba la música. El primer juguete que tuve fue un violín chiquitito; supongo que ahí empezó todo. Recuerdo que lo salvé de un incendio cuando se quemó nuestra casa’. A los 22 años llega a Mendoza. Se ofrece en Radio Cuyo como intérprete de jazz, pero le piden que toque un tango que, sin saberlo, pintará su destino. Con el titulado Alma de bohemio consigue su primer trabajo. Recala luego en Buenos Aires y la orquesta de René Cóspito lo convoca. Transcurría 1940, cuando en la boîte Chaumière abraza su violín al piano del Mono Villegas. ’El para mí fue una escuela. Si uno no aprendía con Enrique Villegas, no aprendía más’. Luego comenzó a tocar como primer violinista en el grupo de Oscar Alemán. Pero con Oscar Alemán la historia termina mal. El mismo Oliva cuenta ’Estuve un tiempo en su orquesta, pero no lo aguanté. El embolsaba 6 mil pesos y nosotros $400. No podía ser. Nos agarramos a trompadas una noche en Punta del Este porque se le ocurrió decir ante el público que él era lo más genial de la orquesta’. En 1958 se trepa a un barco que va a Nueva York. Y sigue diciendo Hernán Oliva: ’Me hubiera gustado ir con más frecuencia a Estados Unidos, pero nunca viviría allí. Los norteamericanos viven para ellos, es otra cosa, otra vida. Yo prefiero esto, lógico’. ’Siempre me he ganado el peso tocando el violín. Mi vida económica no ha sido muy buena, qué le vamos a hacer. Para mí la música representa una válvula de escape”. Quienes lo conocían a través de su impactante interpretación de la música de jazz, o quienes lo habían sentido enfervorizándose en un “Dulce Georgia Brown”, o emocionarse románticamente con un “Noche y día”, no prestaban atención a su actuación tanguera de todos los días. Pero una noche, accidentalmente, alguien fue al local donde actuaba, y escuchó a un nuevo Oliva, totalmente consustanciado con la música porteña, aportando su avasallante personalidad para enriquecerlo, penetrando en la esencia misma de nuestra melancólica danza, para devolverla con una inusitada vibración. Y a partir de ese momento, se decidió registrar esa actividad, prácticamente desconocida para el público de Buenos Aires. La mayor dificultad residía en hallarle un acompañante que lo secundara en forma eficaz. Casualmente, Mito García, un pianista de larga trayectoria, acababa de regresar de EEUU, adonde se había trasladado enviado por la Cancillería, para intervenir en un recital de la embajada argentina en Washington. Y lo que era un viaje relámpago se transformó en una extensa gira por ese país, donde realizó, en dos meses, muchísimas presentaciones con enorme repercusión. A pocos días de su regreso, se encontró con Oliva en la discográfica Redondel, y mientras comentaba las experiencias de su gira, se sentó al piano ilustrando su charla musicalmente. Oliva tomó su violín y comenzó a tocar con el. Y en ese momento no se encontró un acompañante para Oliva. Había surgido un ensamble de dos figuras de parejo valor, unidos en una misma concepción de nuestra música. Lo que brotó espontáneamente esa tarde es lo que, trasladado al estudio de grabación, conformó este disco que hoy tengo el gusto de compartir con ustedes.
Comentarios basados en una nota de Ricardo Reyes publicada en generacionabierta.com, otra de Roberto Espinosa para mundoclasico.com, otra de Hermenegildo Sábat, escrita en Septiembre de 1975, y la nota de Carlos Mayor que acompaña al disco “Nieblas del Riachuelo”, del que tomamos algunos temas en esta segunda parte del programa. En la primera media hora, los temas corresponden a dos discos del Quinteto de Hernán Oliva titulados “El paso del tigre” y “El violín del jazz”, ambos editados también por el sello Redondel.
Es una realización de Jorge Laraia.

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