Cuña de la Campaña de Indulto Mantero, realizada por el programa Sin Fronteras y nuestro compañero Pablo.

11 de septiembre de 2008
| Duración: 00:00:40

Mor Ndiaye, Yaram Drame, Kebba Chan y Adama Toure llevan más de dos años en España. Mor y Yaram dejaron su país natal, Senegal, por necesidad de ayudar a sus familias: mejor arriesgar la vida que resignarse a la miseria. Kebba y Adama, de Gambia, partieron en busca de un futuro mejor que su país no les podía ofrecer. La falta de recursos y contactos no permitió a ninguno de los cuatro acceder al visado de rigor, así que partieron en cayuco y llegaron a Canarias sin papeles. Desde su traslado a la península, buscaron trabajo y se esforzaron por aprender castellano.

Sin embargo, en lugar de papeles, como compensación a su lucha por sobrevivir, nuestras leyes les han condenado a penas de prisión, en algunos casos sustituidas por expulsiones judiciales con 10 años de prohibición de entrada en cualquier país del espacio Schengen. ¿Por qué? Por lo que se conoce como «top manta». Mor, Yaram, Kebba y Adama han sido condenados a pesar de que la propia sociedad, en contra de lo establecido en la rigurosa ley penal, acepta y consiente la existencia del top manta porque no es considerado como un delito. Han sido condenados a pesar de que los ciudadanos participan de esta actividad y no se sienten alarmados por ella y a pesar de que existen normas que, de forma más proporcionada, ya contemplan sanciones administrativas para este tipo de actividades, infringiendo el principio de intervención mínima del derecho penal. En verdad, el único delito cometido por Mor, Yaram, Kebba y Adama ha sido querer vivir, trabajar y ayudar a sus familias desde un lugar en el que no nacieron y, mientras no tenían papeles, realizar puntualmente para sobrevivir actividades de top manta, dado que el resto del mercado laboral estaba vedado para ellos.

Lo cierto es que los cuatro vendían en la calle lo mismo que muchos nos bajamos de internet o copiamos con nuestros ordenadores. Como vendedores ambulantes, eran el último eslabón de la cadena de pirateo y fabricación de artículos de imitación. No engañaban a sus compradores: ellos sabían perfectamente que no compraban originales sino copias no autorizadas. Con esta actividad, apenas ganaban dinero: lo justo para sobrevivir. Cuando, tras su paso por Canarias, las autoridades les trasladaron a la península, sin concederles un permiso de trabajo, no les dieron alternativas para garantizarse un sustento. ¿Qué justicia estamos construyendo al meterles en la cárcel o al devolver les a su país con las manos vacías, prohibiéndole pisar cualquier país europeo por diez años? ¿Es justo hacer esto después de que hayan empeñado todo lo que tenían para emprender el viaje, después de que hayan arriesgado la vida, tras más de dos años de esfuerzos y desvelos?

Si no crees que Mor, Yaram, Kebba ni Adama merezcan ni ser expulsado ni ir a la cárcel, firma y recoge firmas a favor de su indulto.

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