El ser humano puede ser considerado como una producción cultural, aunque la cultura, a su vez y en todos sus aspectos, se considere también como una elaboración contextual del ser humano. El arte congoleño define, en este sentido, una admirable manifestación del entramado político, social y religioso de ese enorme país situado en el corazón de África. Se puede descubrir este arte a través de pequeños objetos de uso cotidiano como las vasijas, las cestas, las ropas, o el trenzado de pelo. Y por supuesto, una de las manifestaciones artísticas que en varios casos ha trascendido sus fronteras, es la música.

26 de mayo de 2011
| Duración: 58:15

Kongo fue uno de los reinos bantúes más antiguos de África, el primero conocido por los navegantes occidentales del siglo XIV. En la actual República Democrática del Congo (antes Congo Belga, luego Zaire) hay una enorme diversidad cultural, reflejo de los cientos de etnias y de sus distintas formas de vida. Se hablan más de 240 lenguas, de las que sólo cuatro poseen el estatus de lengua nacional: el kikongo, el lingala, el tshiluba y el swahili. El francés es lengua co-oficial y se utiliza también como un idioma de intercambio entre los grupos étnicos. Refiriéndonos ya al arte congoleño, igual que el de toda el África negra, tiene el propósito de prolongar en el tiempo la acción vital que se transmite entre el artista y los espíritus protectores de la comunidad. El artista congoleño tradicional, en su aislamiento durante la realización de una obra, sabe que, lejos de estar realizando una creación personal y libre, está revelando a los contemporáneos y a las futuras generaciones el misterio de la naturaleza que él ha descubierto con la observación o con la experiencia directa de su entorno.
Así, el artista congoleño trata de plasmar en las diversas formas de las artes, ya sea en la pintura, como en la escultura, por supuesto la música, y también en la interpretación teatral, la esencia de la vida sin límites, la fuerza vital procedente de las divinidades, que se transmitirá al objeto en el momento del culto. En este sentido, las máscaras, por ejemplo, que son las formas artísticas probablemente más comunes en el Congo y en toda África, poseen una amplia gama de significados relacionados con el uso que se hace de ellas en los ritos sagrados.
También la música y el baile forman una parte importante del conjunto artístico congoleño, con especial auge durante el período del gobierno de Mobutu Sese Seko (1965-1980). La música remite, dentro de este entramado artístico-cultural, a las relaciones humanas en su dialéctica de dominación-sumisión, en su lucha del día a día por la supervivencia, así como en sus momentos de penuria y en sus anhelos de tiempos mejores. Existen bailes de la realeza, folclóricos, sacerdotales y para ceremonias específicas como las de curación, de guerra, de enterramiento, etc. Junto con la escultura, la pintura, el teatro y el lenguaje, la música pertenece a la misma categoría de los usos socio- religiosos que son caminos mundanos de felicidad y vehículos para la plenitud sobrenatural. La música congoleña ha sido pionera dentro y fuera del continente durante más de tres décadas después de la independiencia (1960), con músicos importantes como el viejo Wendo, Franco Lwambo Makyadi, Pépé Kallé, Tabu Ley, Mbilia Bel, Lutumba Simano, Papa Wendo, Kofi Olomidé, y tantísimos otros, entre los que algunos fueron encarcelados por cantar contra la dictadura de Mobutu. El arte musical congoleño, en este sentido, ha servido como instrumento de rebelión contra sistemas sociales injustos. Lo mismo ocurrió con la literatura, que ocasionó el exilio de muchos pensadores y escritores congoleños de renombre nacional e internacional, que han debido vivir o siguen viviendo en el extranjero huyendo de las represalias dictatoriales del país. Ejemplos de ellos son el filósofo y escritor Valentin-Yves Mudimbe, que huyó de Mobutu a finales de los 80, el dramaturgo Sony Labu Tansi, que recibió el premio Ibsen en 1988, y el poeta y novelista Pius Ngandu Kashama, ganador del premio Fonlon Nichols en 2004 por su defensa de los ideales democráticos, entre tantas otras personas. Desde el siglo XV, el arte y la cultura han sufrido cambios brutales en Congo a causa del colonialismo, de la evangelización, de la lucha por la independencia, de la dictadura de Mobutu y, más recientemente, de la guerra que inició Kabila padre para derrocar al decadente Mobutu. La tierra (café, algodón, cacao, caucho, arroz, aceite de palma); el subsuelo (oro, diamante, coltán, cobre, uranio, malaquita, etc.); el capital humano (la mano de obra gratuita); el agua (las grandes presas de Inga y la pesca industrial en los grandes lagos y en el mar);... De todo ello han sacado mayor provecho las personas extranjeras que las y los congoleños. Asimismo, el arte también ha sido saqueado, llegando a sufrir un auténtico memoricidio: una destrucción despiadada de los bienes culturales que sufren algunos países por causa de guerras o planificaciones ideológicas imperialistas. En efecto, la realidad del arte congoleño ha navegado siempre entre las aguas de la colonización, de las guerras hegemónicas y del actual mecenazgo capitalista. El saqueo llegó de la mano de los colonos, que trabajaron codo a codo con los misioneros, primero para encasillar el arte tradicional congoleño en la categoría de fetichismo y luego para llevarse las piezas de interés arqueológico a los grandes museos de las metrópolis de Belgica, Francia, Portugal, Alemania, y EEUU. Pero por suerte, está naciendo ahora una nueva generación de artistas que lucha por dar un nuevo sello de identidad al arte y a la cultura congoleña a pesar de las dificultades políticas y económicas que atraviesa el país. De esa manera, el arte y la cultura congoleña avanzan hoy por diversos caminos buscando escaparse, como siempre, de las garras del mundo capitalista empeñado en apoderarse de su identidad. Sigue luchando para evitar la desaparición de su sentido más profundo, y para conservar para los habitantes del país, la posibilidad de saber quiénes son y hacia dónde van.
Los comentarios están extraídos en su mayor parte de un artículo del profesor de Filosofía y director del grupo de teatro Bwato (www.bwato.org), Jean de Dieu Madangi, que fuera publicado en el nº 45 de la española Revista Pueblos, en enero de este año. Mientras que los músicos que escuchamos fueron Les Bantous De La Capitale, Koffi Olomide, Fally Ipupa, Tabu Ley Rochereau, Simaro Massiya Lutumba, Pepe Kalle & Rigo Star, Kekelé, Mbilia Bel, Wendo Kolosoy (Papa Wendo), Franco Luambo Makiadi & OK Jazz Band, Samba Mapangala & Orchestre Virunga y para el final cerramos con Noel Nedule, más conocido como Papá Noel.
Es una realización de Jorge Laraia.

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