23 de mayo de 2012
| Duración: 00:55:00

Hoy nos toca viajar por Mali, ese enorme país africano que se parece bastante a Egipto pues está alimentado por un gran río, el Níger, y se extiende por un enorme desierto. Y lo vamos a hacer de la mano de dos radios comunitarias de TOMBUCTU. Se llaman Radio Lafia y Radio Alfaida y podrían estar en cualquier otra ciudad maliense.
Dos jóvenes, Oumou e Ibrahim, realizan un programa en Lafia. Ibrahim es el técnico, Oumou la locutora y encargada de la selección musical. El programa no tiene misterios: un recorrido por los últimos años de la música maliense, interrumpido por las introducciones de Oumou a cada uno de los temas y ruido, interferencias, acoples, golpes, cintas que patinan por su uso y abuso e, inevitablemente, polvo, mucho polvo del cercano desierto del Sahara.
Habib, uno de los "animadores" de Radio Alfaida nos invita a conocer el estudio, situado en las afueras de la ciudad y rodeado de cabañas que, poco a poco, consolidarán un nuevo barrio donde hace apenas diez años sólo había arena. La antena de la emisora tiene unos diez metros y alcanza decenas de kilómetros. El edificio, de dos plantas, es una caja de zapatos de color blanco, funcional. Es tarde de domingo y las cosas están relajadas. Habib, tuareg, es uno de los encargados de las emisiones "árabes", mientras que otros jóvenes, como el de esta tarde, emite en songhay.
Llegando a Baris, barrio nuevo cerca de la emisora, un joven me lo sentencia: "Aquí empieza nuestro barrio, ahí están los negros". Diferencia étnica escondiendo la económica. La radio en medio como espacio de convivencia, de "integración".
Tombuctú se mueve gracias a permanecer en ese punto de confluencia. Quieta, se mueve: siempre lo hizo. Las dunas se desplazan, pero Tombuctú se queda, como un gran barco anclado (ningún barco permanece quieto: no sabe). Ese punto de confluencia, lugar de paso económico e intelectual desde la Edad Media y que, con los siglos, ha conocido sus más y sus menos, idas y venidas de lo que algunos califican como "esplendor".
Pasear por las calles de Tombuctú es pasear por sus radios. Varias emisoras locales compiten por la audiencia que, a juzgar por lo oído, es la gran mayoría de la población (se lo proponga o no). Los vecinos de Tombuctú tienen dos maneras de hacer pública la radio, de no dejarte sin ella mientras uno se encuentre en el espacio público: existen puntos fijos y móviles. Comercios y pequeños puestos de artesanos se convierten en los puntos fijos desde donde las radios difunden: mientras el puesto esté abierto, su radio también lo estará. Con un volumen que rebosa el entorno del espacio privado, la radio llega hasta la calle, ocupa su parcela y, si no coincide con la frecuencia del vecino, compite con ella. Si estos son los puntos fijos, están también los móviles: unipersonales y con el volumen de emisión más moderado, hombres de avanzada edad y andar pausado pasean con sus transistores colgados del hombro, a modo de bolso.
Si pasear por sus calles es pasear por sus radios, también lo es pasear por sus gentes. Imposible estar sólo, permanecer callado, pasar desapercibido. Turistas de medio mundo vendrán hasta Tombuctú con la única intención de marcharse lo antes posible, más interesados en el llegar que en el estar.
Dejamos Radio Lafia y Radio Alfaida, las radios comunitarias de Tombuctú, y nos vamos también de esta radio libre, de Tas-tas, pues se acaba este programa que hemos realizado en base a un texto de José Antonio Doll Pérez.

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