24 de octubre de 2012

En este programa dedicado a las músicas del mundo no podía faltar un monográfico que tuviera a Chavela Vargas como protagonista. Hija rebelde de un ranchero costarricense, Isabel Vargas Lizano, que nació en San Joaquín de flores, provincia de Heredia en 1919, se fugó de su casa y se fue a México a los 14 años. Allí empezó cantando en la calle, se enamoró de Frida Kahlo y se hizo famosa en los años 50 de la mano de "Macorina", una canción que se gestó en Cuba cuando estuvo con el poeta Nicolás Guillen. Allí nacieron los ya emblemáticos versos de "Ponme la mano aquí, Macorina", que luego volvería canción Alfonso Camín, y que uno escucha sin saber si la mano va a empuñar un fusil, una guitarra, o agarrar un pedazo de caliente anatomía. Así la escuchaban los guerrilleros centroamericanos metidos en el monte en los años sesenta, cuando todo era distinto, cuando las cosas aún no habían perdido el sentido y todavía existía la esperanza de lo distinto
La biografía de Chavela Vargas es el itinerario de una voz anclada en las entrañas, es la historia de un corazón desgarrado y un temperamento que transgrede. Chavela era una estrella siempre en busca de un camino propio, que se declaraba inconformista y rebelde. Parrandera, bebedora y enamorada, se hundió y resurgió un montón de veces. Se fue definitivamente a primeros de agosto de 2012.
De adolescente, Chavela Vargas viajó a México donde llegó a desempeñar distintos oficios, de criada a vendedora de ropa para niños, hasta convertirse en "la Vargas", esa mujer con un estilo particular de interpretar, desenterrando cada frase o -para decirlo con palabras del escritor mexicano Carlos Monsiváis- extrayéndole a las canciones fervores y rencores.
Despojada, ataviada apenas con un poncho, abrigada en su propio decir, su voz recia recorrió el territorio mexicano y llenó los antros de la noche azteca: El Otro Refugio, El Blanquita, El Patio, La Taberna de El Greco.
Cuando la voz áspera de la ternura, "la Vargas", camina entre imágenes polvorientas de la revolución mexicana; entonando los corridos "Juan Charrasqueado" y "Simón Blanco", las graderías se vienen abajo.
La canción ranchera es un género musical muy masculino y sensual, cantado generalmente por hombres. Chavela solía cantar canciones normalmente interpretadas por hombres sobre su deseo por las mujeres. Vestía como un hombre, fumaba tabaco, bebía mucho, llevaba pistola y era reconocida por su característico gabán rojo. Nunca ocultó su homosexualidad. "Yo he tenido que luchar para ser yo y que se me respete, y llevar ese estigma, para mí, es un orgullo. Llevar el nombre de lesbiana. No voy presumiendo, no lo voy pregonando, pero no lo niego. He tenido que enfrentarme con la sociedad, con la Iglesia, que dice que malditos los homosexuales... Es absurdo.”
Aplaudida en el Olympia de París, ovacionada en el Palacio de Bellas Artes de México, poseedora de la Gran Cruz de Isabel la Católica y distinguida por la Universidad de Alcalá de Henares como Excelentísima e Ilustrísima Señora. "Nunca me habían dado un título como ser humano” dice Chavela, una mujer que tras pasar muchos años hundida en el alcoholismo confesó: “Salí de los infiernos, pero lo hice cantando.”

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