
Cuando cantaba Mercedes Sosa, se podían oír unos ecos. Si se escucha bien, ahí estaban todos: Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, Víctor Jara y tantos otros. La voz de la Negra no se apaga, porque (…)
En el último programa del año, se recuerda a Jorge Cafrune, tal vez la figura masculina de mayor repercusión y carisma en el folklore argentino que eclosionó en la década del sesenta. Su voz suena aún hoy como entonces: personal, vigorosa y viva. Y aunque suele recordárselo por un puñado de "clásicos" -algunos de los cuales él mismo instituyó como tales-, en verdad desarrolló un repertorio amplio y ambicioso. Y como en este año 2010 la Argentina festeja su bicentenario, conmemorando los 200 años de la Revolución de Mayo y la instauración del primer gobierno patrio, el disco de Cafrune que seleccioné para compartir con ustedes se titula, precisamente, “La Independencia” .
Había nacido en 1937 en la localidad de Perico del Carmen de la provincia de Jujuy, en la finca de sus padres, llamada "La Matilde". Sus padres, don José Jorge Cafrune y doña Matilde Argentina Herrera, eran ambos jujeños, descendientes de familias árabes (hijos de sirios y de libaneses), que habían adquirido hábitos y valores tradicionales hasta hacerlos propios. A su padre, recordaba el hijo, le gustaba cantar bagualas. Están los que aseguran que volverse nativos es algo que no les fue difícil a los de esa colectividad, debido a lo moro que lo español incluye, presente en muchas señas culturales americanas y en la fisonomía de tantos. Cafrune, con su cara, su barba tupida y su ropaje, podía pasar por nieto de Fierro, de Güemes o del Chacho. Tanto es así, que un libro inglés dedicado a caballos y jinetes tiene una fotografía del cantor con el epígrafe de "gaucho argentino". Radicado en Salta capital, Cafrune pronto mostró dotes para la guitarra y el canto y se sumó a la formación Las Voces del Huayra. Con ella dio los primeros pasos profesionales. Luego, a instancias de Ariel Ramírez, integró otra de mayor recuerdo: Los Cantores del Alba. Pero resultaba evidente que su personalidad lo llevaría a ser solista. Alentado por el poeta Jaime Dávalos, en 1962 se presentó en condición de tal en el Festival de Cosquín, uno de los más importantes festivales de música folclórica de la Argentina. Y fue en ese legendario festival donde logró su primera gran repercusión. Pero supo devolver ese aliento dándoselo a otros, ya que a ese mismo escenario Cafrune hizo subir, tiempo después, a las que se transformarían en dos de las más grandes figuras del género folklórico argentino: Mercedes Sosa y José Larralde. Genuino cantor del mejor repertorio urdido en el noroeste por creadores como Jaime Dávalos, Eduardo Falú, Manuel J. Castilla o Cuchi Leguizamón, supo, sin embargo, incorporar casi todos los géneros regionales argentinos y sudamericanos, desde la milonga al chamamé. Ni siquiera se ató a lo consabido en títulos y autores. Por ejemplo, llevó a la fama "Zamba de mi esperanza", de un desconocido Luis Morales, y se le animó a la tierna "Chiquillada" (esa del "pantalón cortito, bolsita de los recuerdos ") del oriental José Carbajal, el Sabalero. También grabó obras integrales. La primera de ellas, en 1965, fue "El Chacho, vida y muerte de un caudillo", con letras del poeta, escritor e investigador histórico León Benarós y música de Eduardo Falú, Carlos Di Fulvio, Ramón Navarro y Adolfo Abalos. La segunda, grabada en el año siguiente y que hoy estamos compartiendo, con letra del mismo León Benarós, se tituló "La Independencia" y tuvo partituras de Carlos Di Fulvio, Adolfo Abalos y Waldo Belloso. El interés por lo histórico y lo patriótico lo mostró como un artista que concebía la canción folklórica no sólo como expresión de lo rural, sino de un arte que debía contener todo lo genuinamente argentino. En 1967 acometió una iniciativa que terminaba de evidenciar ese perfil nacionalista: la gira denominada "De a caballo por mi patria", con la que recorrió gran parte del país. De ella participó su familia e incluyó una logística de camiones con forraje y hasta una vaca lechera. Su intención no fue sólo hacer presentaciones, sino recabar información lugareña, filmar y tomar fotografías. Por cierto, le resultó desastrosa en términos económicos. Instalado ya desde hacía algunos años en la Pcia. de Buenos Aires (en Los Cardales), lo llaman para integrar una comitiva Argentina que iría a los Estados Unidos. Fue, junto a Hugo del Carril (el gran cantante de tango, ya desaparecido) el más aplaudido para sorpresa de la comitiva argentina. De EEUU pasa a España, formando también una comitiva de cantores y bailarines. Si bien el público español lo aceptó con los brazos abiertos y las palmas preparadas para el aplauso permanente, también debió sufrir el tenor de algunas entrevistas. Su retorno al país fue en 1977, cuando falleció su padre. Eran tiempos difíciles para la Argentina, ya que el gobierno estaba en manos de la dictadura militar encabezada por Jorge Rafael Videla. A diferencia de otros artistas comprometidos, que se exiliaron cuando comenzaron las amenazas y las prohibiciones, Cafrune decidió quedarse y seguir haciendo lo que mejor sabía hacer: cantar y opinar cantando y haciendo. Fue así que en el festival de Cosquín de enero de 1978 cuando su público le pidió una canción que estaba prohibida, Zamba de mi esperanza, Cafrune accedió argumentando que "aunque no está en el repertorio autorizado, si mi pueblo me la pide, la voy a cantar". Según testimonios que se consignan en el informe Nunca Más, eso (sumado a la canción de El orejano, un canto rebelde y libertario) ya fue demasiado para los militares. Y en la madrugada del 31 de enero de 1978, cuando marchaba a caballo rumbo a Yapeyú, la ciudad natal del general Jose de San Martín para depositar un cofre con tierra de Bolougne Sur Mer, donde murió, en su homenaje, el folklorista Jorge Cafrune fue atropellado por una camioneta sin luces. Quedó demasiadas horas tirado en la ruta con las costillas incrustadas en los pulmones, y al día siguiente falleció. A la camioneta y a su conductor se los tragó la noche: sólo pudo saberse un nombre –Héctor– susurrado por los habitantes de Benavides, por donde lo habían atropellado. Por entonces, Jorge Cafrune tenía cuarenta años de edad. Como dijo el poeta Raúl González Tuñón respecto del imaginario Juancito Caminador, la suya fue "corta vida y larga andanza".
Comentarios basados en dos artículos, uno de Oche Califa para LA NACION, y otro de Karina Micheletto para Pagina/12.
Es una realización de Jorge Laraia.