
Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, Cantabria, 1942), quien acaba de anunciar su adiós al cine. Un adiós meditado, asumido, honesto, porque Gutiérrez Aragón se va por la puerta grande, después (…)
G. Steiner, en sus maldiciones a la criminalidad nazi, había deseado que el alemán nunca más sirviese para escribir poemas o trasmitir verdad. Una lengua que había utilizado lemas tan bellos como «El trabajo os hará libres» para adornar la entrada a los campos de exterminio habría quedado inútil para trasmitir verdad o belleza...
Los problemas de morir en el hospital se centran en la falta de intimidad, que resulta indignante: la última vez que acompañé a un amigo moribundo mientras él dormía dulcemente sus cuatro últimas horas, su compañero de habitación -que tuvo que estar casi una hora con mi amigo muerto- quería encender la televisión porque no comprendía lo que pasaba. Hablar de eutanasia por parte de políticos cuando no se ha logrado que los enfermos moribundos y sus familias tengan una habitación individual que permita un digno ritual de despedida, supone un acto cínico que recuerda la banalidad del mal de los médicos nazis: no eran sádicos poseídos por el demonio, sino probos funcionarios, simples siervos deseosos de cumplir sus deberes para con el amo-Estado y sus gerentes.