
Cuando le dije a un compañero de trabajo que había publicado un relato de ciencia ficción, comentó.
– Me encanta la ciencia ficción, pero tienen que darse dos condiciones, que tenga naves (…)

Nuestra civilización tecnológica ha sido posible gracias a los combustibles fósiles baratos, el colonialismo y la esclavitud. Imaginaros una sociedad de iguales en la que se discutiera si hacer estructuras de hormigón armado o chips para ordenadores o cualquier cosa para la que se necesite minería. ¿Quién bajaría a la mina, quien arriesgaría su vida para arrancar de las entrañas de la tierra los minerales necesarios? ¿Quién se pasearía a gran altura para montar edificios o gigantescos puentes? Llegaríamos a la conclusión, y con razón, de que no merece la pena. Y de eso van los artículos de Tom Murphy, de dejar atrás nuestra dependencia, sobre todo psicológica, de la modernidad. Seamos de nuevo el salvaje feliz que nunca debimos dejar de ser.